Rolando Gallego
19/04/2018 15:26

Ambiciosa. Arriesgada. Épica. Inclasificable. Acto de amor puro al cine. La Flor (2018), con sus 840 minutos de duración, es una experiencia cinematográfica única, un manifiesto, y una propuesta que debe ser vivida en una sala para perderse y encontrarse en la multiplicidad de historias y sentimientos que Mariano Llinás y el grupo Piel de Lava provocan.

La Flor

(2018)

Seis historias que no siempre tienen interrelación entre sí, presentadas en tres segmentos diferentes, para facilitar su visionado, conteniendo cada uno en sí mismo la clave y la locura que encierra esta obra sublime, exagerada, que destila ingenio en cada uno de los planos que propone y, principalmente, cine y mucho más cine en cada historia separada que dispara.

Mariano Llinás apuesta a la forma, y también a la exploración del soporte y el dispositivo para provocar y estimular a su espectador. El sonido que va y viene, el sonido que desaparece, las texturas que configuran la consistencia pictórica de las imágenes, todos datos a tener en cuenta para comprender el sentido final de la obra y su función dentro de cada microrrelato.

La desmesura como estandarte para ir sembrando la necesidad de continuar avanzando en la experiencia propuesta, un juego casi masoquista, en el que a pesar de saber la duración, en la multiplicidad de sentido, poesía, solvencia, precisión y seguridad, la película, como ya pasaba en Historias Extraordinarias (2008), supera ese dato temporal transformándolo rápidamente en una anécdota. Llinás juega con el espectador, narra con su voz áspera en off, grita, se enoja, y, cuaderno de anotaciones mediante, lo interpela y le exige que esté atento a todo, nada es menor en la configuración de la obra que presenta, y se lo hace saber, y hasta le agradece el acompañamiento. La duración es un dato superado por la inmensidad de la obra que se propone porque La Flor es superior al espacio y el tiempo que necesita para resolverse.

La cuarta pared se suma como uno de los elementos más significativos dentro de ella, y como el director lo sabe, juega con él, lo espabila, lo llama, le dice que falta cada vez menos, utiliza su cuerpo y por momentos lo intercambia con el de Walter Jakob, alterna con Verónica Llinás la narración, descansa de la épica, corre a Piel de Lava del centro de la historia, y se prepara para el acto siguiente.

La Flor es una historia de empoderamiento para sus protagonistas, con rasgos notoria y predominantemente feministas, superando cualquier encasillamiento que se le quiera hacer. La conexión y cercanía con los actores y personajes, principalmente con el grupo Piel de Lava (Elisa Carricajo, Pilar Gamboa, Laura Paredes, Valeria Correa) como la proliferación de géneros que van pasando (western, fantasía, suspenso, acción, drama, comedia, etc.), que atropellan a los actores, construyendo en la reinvención de estos y La Flor nuevos relatos que exigen atención, pero que también, al compartir la pasión por ellos, trascienden su origen y su progresión dramática.

Mujeres que luchan por su lugar en el mundo, asesinas, luchadoras, épicas, campestres, el misterio tras un escorpión, falsos gauchos que enamoran a visitantes, la mosca tse tse y su efecto, la guerra fría, espías, una dupla de asesinos que se aman en secreto, el comunismo, el frío, la nieve, las investigaciones, las conspiraciones, los trenes, sólo algunas ideas que el guion va desarrollando y los trabaja de manera completamente diferente para también sorprender al espectador.

La autorreferencia, la exposición del trasfondo del rodaje, la distancia con el soporte, el acercamiento al dispositivo técnico, la expulsión de las protagonistas en algún momento, su crecimiento, en todo sentido, sus transformaciones, convocan a la reflexión y a la necesidad de asir, al menos por un instante, la posibilidad de perpetuar los 840 minutos en anécdotas que trascienden ya la obra y que reafirman a Mariano Llinás como un monstruo del cine argentino y mundial.

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